Oro Plata

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En la Pontevedra de mediados de los ochenta, cuando entrar en la zona vieja sin que te pegaran el palo era una quimera y tener unas J´Hayber el sueño de cualquier chaval, ser niño era un buen plan. Y lo era porque en nuestra vida había mucha calle, poca tele, menos pasta y un montón de sitios en los que jugar con los colegas, fuera del radar paterno.

En esos días, el fútbol era siempre la primera opción para nuestra pandilla -Arnesen, Chucho, Pulgui y un servidor-. Si no juntábamos para un gol-casilla o alguno estaba castigado, algo en lo que Pulgui era todo un experto, buscábamos otras opciones, pero la primera era siempre jugar un partidillo. Podíamos montarlo en el descampado de al lado de mi casa, en el campo de tierra del colegio -que para nosotros era como jugar en Maracaná- o en cualquier otro lugar donde pudiésemos hacer una portería con nuestras mochilas. El caso era pegarle patadas al balón.

Durante la semana, con los deberes y las pasantías varias, apenas podíamos echar alguna que otra pachanguita rápida con la que quitar el mono, pero el viernes la cosa cambiaba. Al acabar las clases -los cuatro íbamos al mismo colegio- podíamos llegar a juntarnos veinte o más chavales con ganas de fútbol y con el campo del cole a nuestra disposición. Era sin lugar a dudas el mejor día de la semana porque podíamos montar un partido de verdad, a todo el campo.

LOS EQUIPOS

Con tanta gente para jugar, era fundamental hacer equipos más o menos igualados y para eso contábamos con un método infalible: el oro-plata. Los dos jugadores encargados de elegir, los “capitanes”, se ponían a una cierta distancia, pongamos tres o cuatro metros, y comenzaban a dar pasos, uno en dirección al otro, poniendo al avanzar un pie justo delante del otro. A cada paso que daban decían en alto “oro” o “plata”, respectivamente.

El talón del pie que avanzaba debía quedar en contacto con la punta del otro pie. El primero que llegaba con la punta de su zapatilla a pisar la punta del pie del contrario, empezaba eligiendo. Y repito lo de pisar porque, si sólo rozaba el pie del contrario, serían “puntas” y habría que volver a empezar. Pero cuando el pie pisaba la zapatilla del rival se decía aquello de “monta y cabe”, es decir, que “montabas” el pie del contrario y que en el hueco que quedaba entre ambos pies entraba el tuyo en horizontal. Había llegado el momento de empezar a elegir.

Si a estas alturas os estáis preguntando quién elegía a los dos encargados de formar los equipos, es que no habéis jugado muchos de estos partidos. Los dos “capitanes” no se votaban, ni se debatían. Era un privilegio muy particular al que se accedía tras tardes y tardes de partidillos demostrando ser los mejores. Otra verdad absoluta, como la de quienes eran los capitanes, es que los “malos” quedaban de porteros. Podían ser los más gordos, los más patosos, los que nunca jugaban…Pero la posición en el campo en esa época se marcaba en función de lo bien que jugaras. Cuanto peor eras, más cerca de tu propia portería.

Con tanta gente para jugar, era fundamental hacer equipos más o menos igualados y para eso contábamos con un método infalible: el oro-plata. 

A esta norma había una excepción, la del chupapostes. Ese jugador que siempre quedaba en la parte de arriba, de palomero, esperando que un balón se le acercase para tratar de marcar gol. En este puesto podía jugar alguien rematadamente malo -para que no molestase- o uno muy bueno que, por el motivo que fuese, no estuviese por la labor de correr mucho aquel día.

Si estáis pensando en las implicaciones psicológicas de este sistema de elección para los que quedaban para el final, suponiendo que serían siempre los “malos”, debo deciros que muchas veces no era así. Al menos no con Arnesen, uno de los “capitanes” habituales en cualquiera de nuestros partidillos. Arnesen, al que el mote le venía por aquel mediapunta danés que no acabó de triunfar con el Valencia a principios de los ochenta, no siempre escogía a los mejores. La mayor parte de las veces escogía por amistad, por empatía con los que siempre elegían de últimos, por la recomendación de alguna hermana, por ser el dueño de la pelota…

Y esto no significaba que no quisiera ganar. Era un competidor nato, pero había aprendido antes que muchos de nosotros que para ganar  no siempre necesitas a los mejores jugadores, simplemente necesitas tener el mejor equipo.

Al no tener hijos ni sobrinos en edad de partidillo, no sé si el “oro-plata” sigue siendo el método de elegir equipos, o si ahora se hace de otra forma. Tampoco conozco el origen del nombre “oro-plata”, así que si tenéis teorías o respuestas a estas cuestiones no dejéis de hacérmelas llegar. Las espero con ansia, como los partidillos de los viernes.

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