La siesta

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Pocas cosas son más placenteras que echar una buena siesta. Una costumbre «Marca España» pero de la que personajes como Albert Einstein o Winston Churchill fueron entusiastas cultivadores.

La palabra siesta tiene su origen en la hora sexta romana, que designaba la hora solar sexta, correspondiente a las 12 del mediodía con respecto al sol, o sea, alrededor de las 14 horas nuestras.

El término, ya más relacionado con lo que entendemos ahora, se remonta al siglo XI y proviene de una de las reglas de la orden monástica de San Benito: reposo y tranquilidad en la hora sexta. Según esta norma todos los religiosos debían acostarse en total silencio para descansar y retomar energías para el resto del día. Esta costumbre se extendió y comenzó a adoptarse en otros monasterios y también se la apropió la población no religiosa, que empezó a llamarla “siesta”.

Pero la siesta no es sólo una costumbre, sino que cuenta con una explicación biológica. Es una consecuencia natural del descenso de la sangre después de la comida desde el sistema nervioso al sistema digestivo, lo que provocaba la consiguiente somnolencia. Teniendo en cuenta además lo copiosas que suelen ser las comidas españolas frente a otras rutinas y regímenes alimenticios europeos, así como la depresión postprandial, esa que surge aproximadamente pasadas ochos horas desde nuestro despertar, parece que la siesta es claramente, además de una costumbre, casi una necesidad biológica.
 
Por tanto,  la gente de bien no debe sentirse culpable cuando, independientemente de lo que esté haciendo en pleno horario «siestil», no pueda evitar los bostezos. El reloj biológico nos está diciendo que no viene mal hacer una pausa.
 
DURACIÓN Y BENEFICIOS
 
Cada persona es un mundo en cuanto al tiempo que destina a la siesta pero, aunque grandes cultivadores de este hábito como el Nobel gallego, Camilo José Cela, afirmaban que la siesta había que hacerla «con pijama, Padrenuestro y orinal», numerosos estudios indican que la duración ideal ronda la media hora. 
Hay individuos que con 10-15 minutos de sueño tienen bastante y otros que necesitan 40 minutos. Es cuestión de experimentar y ver qué duración es más favorable para nosotros. Lo que parece evidente es que superar la hora de siesta puede trastocar nuestro descanso nocturno, igual que «echarla» después de las 6 de la tarde.
 
Aunque los científicos no se ponen de acuerdo con el tiempo exacto que debe durar, sí coinciden en que mejora la salud. Uno de los estudios mastodónticos sobre la siesta lo realizó la Universidad de Harvard en 2007. Consistía en un seguimiento de 6 años a cerca de 24.000 personas. Los investigadores señalaron que aquellos que dormían la siesta por lo menos tres veces a la semana durante al menos media hora, tenían un 37% menos de riesgo de mortalidad por enfermedad coronaria que aquellos que no dormían la siesta.
 
Se observó además un mayor efecto protector de la siesta especialmente entre los hombres que trabajaban. Los autores del estudio explicaban que la razón de estos resultados se podría deber a la siesta como un «liberador de tensión», ya que se sabe que el estrés está muy relacionado con los problemas cardíacos de origen coronario.
Según un estudio aquellos que dormían la siesta por lo menos tres veces a la semana, tenían un 37% menos de riesgo de mortalidad por enfermedad coronaria
Otros estudios más modestos sugieren que echarse una buena siesta aumenta el rendimiento de los trabajadores, ayuda a la retención de nuevos datos (refresca la memoria), reduce el riesgo de accidentes laborales y la fatiga, refuerza la atención y la concentración y favorece el aprendizaje. En definitiva, todo ello viene a decir que la siesta supone un soplo de aire fresco para nuestras funciones cognitivas  ya que, conforme van pasando horas estando despiertos, nuestro cerebro va perdiendo poco a poco facultades (sólo hay que ver cómo rendimos al día siguiente de haber pasado una mala noche sin dormir).
 
Pero a pesar de darle el nombre (siesta es una palabra española proveniente del latín) y tener la fama, un estudio realizado en 2002 por la revista Neurology demuestra que nuestros vecinos europeos bien han asimilado dicho hábito en sus rutinas encontrándose Alemania en primer lugar con un 22% de personas que incluyen la siesta en su vida cotidiana. Le siguen de cerca un 15% de los italianos, el 14% de británicos, en penúltima posición un 9% de españoles y por último los portugueses con un 8%.
 
Vamos, que echar la siesta, como muchos intuíamos, es una cuestión vital, nunca mejor dicho.
 

 
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